El misterio del xiqu

Rafael Caro Repetto

Kunstuniversität Graz

La primera sensación que generalmente obtiene alguien que presencia por primera vez una obra de xiqu, el teatro tradicional chino, incluyendo a muchos jóvenes de China, que han crecido en un entorno sonoro y musical muy similar al de los jóvenes de España, es muy probablemente la de desconcierto. En efecto, para el lego parece que nada de lo que ocurre en escena “concierta” entre sí: una estridente percusión, unas repetitivas melodías, tanto en la voz como en los instrumentos, en un registro demasiado agudo y sin conexión aparente entre la una y los otros, un escenario prácticamente vacío en el que personajes con incomprensibles vestimentas y exagerados maquillajes entran, salen e interactúan entre sí con una artificial gestualidad e incluso acrobacias… Si además se acude a este espectáculo, como lo hice yo mi primera vez, con la idea de ir a presenciar “ópera” tradicional china, el término con el que se suele referir en castellano a este género artístico, la frustración puede ser aún mayor. En efecto, la primera representación en directo que presencié de una obra de jingju, a la que acudí con la idea de asistir a la representación de una obra de “ópera de Pekín”, lo que a mi entender significaba historias, personajes, melodías e instrumentos chinos, pero ópera al fin y al cabo, causó en mí un enorme estupor. Y sin embargo, aquella misma representación, en no pocos de los aficionados locales, la mayoría de una avanzada edad, causaba una profunda emoción que los llevaba a las lágrimas. Como musicólogo, y como aficionado a la ópera, y habiendo tenido constancia de que esta distaba mucho de la expresión artística que estaba presenciando, no pude dejar de preguntarme, ¿cuál es el misterio del xiqu?

Los tres elementos de xiqu

Uno de los investigadores sobre el xiqu más influyentes de finales del siglo XX, Zhang Geng, estableció los tres elementos que lo definían, a saber, sincretismo, actuación virtual y convencionalismos. A pesar de su contenido literario y su componente escénico, la ópera es considerada principalmente como un género musical. En cambio, los actores y actrices de xiqu, que así se llaman a sí mismos y no cantantes, se forman en cuatro disciplinas básicas: canto, declamación, expresión corporal, incluyendo en algunos géneros danza, y, necesariamente, también acrobacias. Piense en su cantante de ópera favorita, ¿se la imagina haciendo volteretas y piruetas en una escena de combate? Todas estas disciplinas artísticas se sincretizan en el xiqu, y todas son apreciadas por los aficionados.

Un elemento evidente de la escenografía tradicional de este género es su práctica inexistencia. El escenario permanece durante la representación prácticamente vacío. Sin embargo, esta aparente pobreza técnica resulta, sin embargo, en una enorme riqueza expresiva. Mediante diferentes recursos, especialmente la expresión corporal, las actrices y actores de xiqu son capaces de aparecer en escena montando virtualmente a caballo, o cruzando un peligroso río en barco, o bajando escarpadas montañas. Sobre el escenario de xiqu, el espectador formado puede presenciar imponentes batallas navales, o majestuosas recepciones imperiales, acompañar a un par de enamorados paseando por un jardín, o a una joven desdichada en la intimidad de sus aposentos. Todo de manera virtual, en el mismo escenario vacío. Es el espectador formado el que completa la escena, de la misma manera que lo hace ante los rollos de pintura tradicional china, en los que amplios vacíos de tinta en realidad presentan ríos, lagos, nubes, distancia.

Todo esto es posible gracias a que la interpretación en el xiqu está ampliamente codificada. Son estas series de convenciones las que el aficionado debe conocer para entender que cuando un personaje entra en escena blandiendo una fusta indica que viene montada a caballo, que cuando la larga barba, ostensiblemente postiza, es gris se trata de un señor mayor, o cuando el maquillaje facial de un personaje masculino es predominantemente blanco se trata de un villano. Y es que incluso el género y la edad de los personajes se presentan a través de convenciones interpretativas, lo que permite a una joven actriz encarnar a un anciano mandarín de la corte, o a un veterano actor encarnar a una joven concubina. El objetivo estético de todas estas convenciones, según explicitó Mei Lanfang, el mayor actor de jingju del siglo XX, especializado en la interpretación de personajes femeninos, es la belleza. Y por tanto, hasta los gestos feos o las malas circunstancias, como el llanto o la pobreza, se presentan con bellas convenciones interpretativas, cuya artificialidad, lejos de distanciarnos de la trama, nos consiguen conmover aún más. Frente a la búsqueda de realismo que caracterizan las artes plásticas y escénicas europeas, las chinas, tradicionalmente, aspiraban al esencialismo. Es así como el genio de Mei Lanfang, mediante su interpretación improvisada de una joven dama, vistiendo su traje de chaqueta y corbata durante una cena en Moscú en 1935, logró conmover al propio Bertolt Brecht allí presente, teniendo un efecto en el dramaturgo alemán tal que repercutiría en la historia del teatro europeo del siglo XX.

Sin embargo, como musicólogo, mi mayor interés en el xiqu reside en su aspecto musical. Su importancia es ostensible en el mismo término xiqu, en el que los dos caracteres que lo componen significan, respectivamente, actuación (xi) y canción (qu). De los diversos elementos artísticos que integran el xiqu, la melodía, y particularmente la melodía cantada, es el más valioso para la mayoría de aficionados, quienes acuden a oír, no ver, representaciones de xiqu. Sin embargo, sorprendentemente para quienes, como yo aquella primera vez, creíamos asistir a una “ópera” à la chinoise, los musicólogos chinos entienden la música del xiqu como folclórica, es decir, transmitida oralmente de generación en generación sin que se le conozca creador o creadora. Y es que el xiqu es resultado de la fusión, allá por el siglo XIII, de varias prácticas rituales, escénicas, musicales y de entretenimiento que llevaba a cabo la gente común durante sus festividades y celebraciones. Nada que ver con los experimentos creativos de una élite de intelectuales florentinos de los que nació la ópera a finales del XVI. A medida que el xiqu se extendía por toda China, allí donde llegaba asumía el estilo musical, los instrumentos típicos y las melodías características de la región para formar un nuevo género de xiqu. ¡Han llegado a haber hasta más de 300 géneros diferentes! En todo este proceso de evolución, los actores y actrices han estado en el centro del proceso creativo, adaptando historias conocidas para su formato escénico y arreglando las melodías características de su género a cada nueva obra.

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